05 junio 2008

Realidad virtual


Desde que Silvina se fue, Luis había elegido las mañanas para llorar. Nadie lo veía, nadie lo escuchaba. Durante un mes, gritó, lloró, se derrumbó. Quitó de sus entrañas todo el dolor que las llenaba. Lloró en las mañanas y suspiró en las noches. Y así, continuó con el teatro de una mejoría y la máscara se tornó perenne hasta el día de su muerte. Y noches sin sueño poblaban su cama. Y días sin sol lo obligaban a no olvidar. Porque Silvina era árbol, risas, canto, plaza, mar y pueblo. Todo estaba impregnado de ella.
Y Luis aprendió a callar. Olvidó sonreír. Comenzó a agonizar.
Cuentan sus amigos, que, lo vieron por última vez el invierno de 1957. Adivinaron su rostro entre una bufanda azul raída y una barba de meses tristes. Alejandro, el que más lo conocía, hizo un intento por hablarle, pero Luis continuó caminando como si estuviese solo en el mundo. Nunca más nadie supo de él. Y nadie pudo darle una respuesta a Silvina, el día en que regresó a Bellaestancia. Volvió con su marido y sus tres hijos, a mostrarles esa parte importante de su vida: las calles en las que había crecido. Lo buscó toda una mañana. Ni una huella. Todos se habían olvidado de Luis. Hasta llegaron a pensar que Silvina estaba loca. Tampoco existía la casa que había refugiado ese amor. Y ocurrió que nunca había ocurrido.
Silvina despertó agitada. Temblando. Una mano firme y una voz suave la tranquilizaron. Era su Luis. O seguía soñando?
M.V.Z.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola damajuana.Me encanta tu blog.No me casé nunca y creo k no lo hare.Escribis cosas un poco tristes pero me identifico con muchas.Te dejo mi dir: queremexqmuero@hotmail.com
besos
Catalina